Sobre Marina Tsvietáieva – Una yo de más en mí
9 febrero, 2012
Voz invitada / Liliana Lukin
“Las casuales coincidencias biográficas suelen jugar en la vida real un papel sorprendente. En los tratados científicos que reconstruyen de modo retrospectivo la cadena de acontecimientos recíprocamente ligados, se habla de dichas coincidencias como de circunstancias insignificantes, por temor de caer en exageración exaltada o en ‘literatura’.”
De la introducción, en Cartas del verano de 1926, firmada por los herederos de Pasternak.
Desconociendo en 1989 la obra de Marina, construyo con la fórmula retórica “mi querida”: una serie de poemas-carta. En 1991 se publican tres de esos textos y viajo a EEUU, a trabajar en universidades sobre literatura argentina. Llevo la fotocopia de la publicación como “carta de presentación”.
Primer acto. Un poeta venezolano lee mis poemas y me pregunta si conozco -dice que debería- el libro de una poeta rusa, Marina Tsvietáieva, que acaba de comprar en Caracas y tiene consigo, aún sin leer. Ese breve préstamo bajo la mirada del otro, es un trance, un tránsito: reconozco, me reconozco, entiendo lo que el joven vio en mis textos. Emoción ante las frases de estas cartas a un amante, fragmentos que leo rápido, saltando sobre las páginas, como un pájaro, temblando. Paso las hojas en desorden, bebo esas frases: desde cualquiera, ella me habla, soy hablada por ella, esa desesperación me impide mirar bien el libro, quiero fotocopiarlo, pero no hay dónde, es domingo y antes de que anote el título siquiera, quien tendió el puente se ha ido con el objeto, más necesario ahora para mí que todo equipaje.
Segundo acto. Viajo a otra ciudad, doy a leer mis poemas-carta, ahora a José Emilio Pacheco, le hablo de Marina, de ese libro recién publicado, y él me dice que hay uno anterior, imprescindible, publicado en México, Cartas del verano de 1926, traducido por su sobrina, Selma Ancira.

Tercer acto. En Nueva York, última etapa del viaje de trabajo, sigo escribiendo esos poemas que comparto con la amiga del hospedaje, le cuento la cadena de coincidencias. Ella, una pintora mexicana, Guadalupe Reyes, me habla de las cartas de amor de su tía, la poeta Rosario Castellanos, promete buscarlas, y conseguirme ese libro de edición mexicana “de la poeta rusa”.
Como se ve, una historia de tíos y tías y sobrinas de un mundo de venezolanos y mexicanos entregándome tesoros que son siempre “de la lengua”. Vuelvo a casa.
Cuarto acto. A fin de ese año 1991, recibo desde México un regalo: Cartas del verano de 1926. No lo leo, lo devoro. Ese intercambio, el borde entre vida y escritura, tan bordado, las notas exhaustivas de la edición que reenvían a otros libros, archivos y acontecimientos, y la densa capa de una verdad de las historias sostenida por la maravillosa traducción, se convierten en mi único alimento. El entrecruzamiento de cuerpos y declaraciones, discursos al oído de amor e inteligencia, producen en mí una identificación con el estado de los protagonistas que divide mi vida.
Etapas de lectura: aumento de la admiración, inseparable del reconocimiento o intuición de algo ya sabido, ya pensado, escrito. Un estado de éxtasis, no experimentado antes con ninguna lectura: los escucho hasta en sueños, los escucho a esos tres, Rilke, Marina, Pasternak. Su voz es para mí, estoy corrigiendo mi libro, y ella, esa voz, triple, sacude todo lo que podía quedar de rugoso o sucio en mi pensamiento.
Quinto acto. Desde mi regreso, sin descanso busco aquel otro libro, el fantasma, sin saber de qué editorial es, escribo a un amigo venezolano con el pedido, no existe aún internet, librerías y bibliotecas son expurgadas y pasan meses, hasta que un azaroso día de octubre de 1992 reciba un envío desde Caracas: Noches florentinas y Carta a la Amazona, de Marina Tsvietáieva, el objeto del deseo que me dieron a leer apenas, un año atrás. Es de una editorial española que no llegaba en esos años a Buenos Aires. Y está conmigo. Desatar el paquete, ver y tocar: al fin, esa tapa, ella en mí. Encontrar el momento esa misma tarde y leer, masticar cada una de esas cartas, ser golpeada por el concepto, oír a Marina, despertar del adormecimiento de una idea ya poseída pero no trabajada, sonreír ante el placer del texto, otra vez reconocerse, en lo ya pensado, en lo por pensar, en lo ya escrito y lo por escribir, ah, qué lectura más corporal, gozosa y riente. Dejar para el final el posfacio de Hélène Cixous, otro placer absoluto. Y finalmente, leer que en el prólogo de la traductora (Elizabeth de Burgos), último párrafo, a propósito de los deseos de Marina para su tumba, nunca cumplidos, dice:
“Tal vez una fecha propicia podría ser el día del centenario de su nacimiento, el 9 de octubre de 1992. No se trata de conmemorar, sino de otorgarle morada a un mito que se mantiene aún en exilio. Allí escogió ella su lugar de reposo, y allí se lo deberían dar. Mientras tanto su voz ha germinado, su potencia ha atravesado la corteza gélida del poder de la muerte, y hoy nos llega y la escuchamos, como ella lo deseó: en el tiempo de las fresas”. París, 26 de mayo de 1989.
Entonces se produce la asombrosa constatación, la conciencia repentina de que ese día, en que el correo postal trajo ese libro, del mismo modo en que Marina recibía o enviaba sus paquetes, ese día era, justamente, la “fecha propicia”, el 9 de octubre de 1992.
En el prólogo del libro llegado como una anunciación, viaja desde hace 50 años eso dicho (¿en qué oído?), eso escrito (¿en qué pedazo de papel?) para el cuerpo, muerto en 1941: “Aquí hubiera querido reposar”, “a la sombra de un saúco…” o “que posaran una piedra extraída de una cantera de Tarusa”, una expresión que se convierte, en el momento de mi lectura, en una premonición. Ese prólogo, escrito en 1989, proponía que en 1992, a 100 años del momento de advenir ella a este mundo, se realizara el deseo expreso de Marina para su cuerpo: darle un hogar a su nombre.
Y yo, tan lejos de Tarusa, pero tan cerca de Rusia en el nombre del padre, mi padre, tan transida de “lo mujer” que ella fue, no de “la mujer”, no de “lo femenino”, sino de “lo mujer”, tan marcada por la revolución soviética, sin ser víctima sólo por la distancia en el tiempo, sabiendo que un hermano de 15 años de mi abuela paterna había marchado con el Ejército Rojo para no volver… yo supe que si hubiera estado allí hubiera sufrido como ella.
¿Delirios de destino? ¿Sentimentalismo? ¿Calidad porosa de un cuerpo-mente que se deja impregnar de modo carnal por una letra? Ella ya había sido leída y amada por mí en sus cartas con Rilke y Pasternak, pero este libro negado por la circunstancia, estas cartas, que fueran su primer pasaporte ante mí, el verdadero schibboleth, la contraseña para saberme de su patria, hermana en la letra y en el cuerpo, llegó a mi hogar en su centenario, y esa exactitud hizo de mí una elegida en mi deseo, y no le di otra sepultura que la deseable para su alma: ser leída, ser otra-vez-en otra-vez. Siempre, como diría Derrida, por primera vez. Y para siempre.
A fin de ese año 1992 publiqué el libro llamado Cartas, y así como en alguna ya citaba a Rilke antes de conocer a Tsvietáieva, dos de las últimas tienen citas de ella: he ahí su cuerpo enterrado.
Carta XXIX
mi querida: “vivir en serio es doloroso. En esto
tú me ayudas”
no a calmarlo entiéndase
a estar doliendo más bien
de pie al lado de un sueño de fiebre
“las líneas de fuerza se cruzan fuera de nosotros”
pero yo espero y otra voz
es ahora la que marca el territorio porque
una es una
mujer adulta y la adultez
tiene la cara de un desconocido
allí la plenitud es al deseo
como el acto a la voluntad: una ecuación difícil
(la cara del desconocido me resulta familiar
sabés y tan segura que la adultez es esa
escena armada en sueños: allí se vive
un instante perfecto en un paisaje perfecto)
así yo espero (eso es la corteza y la pulpa
de una idea de la felicidad)
y en esta actividad soy ya otra muchacha: tantas
me deslumbra ser
que esperaría más.
Noches florentinas es la reescritura de 10 cartas de un romance con el editor Abraham Visniak, que duró apenas 10 semanas, apenas llegada a Berlín, en 1922. Convertidas en una nouvelle que traduce al francés, no logra publicarlas. De ellas, puedo decir lo que ya he escrito: yo soy mi cuerpo. Y este pequeño tratado sobre lo amoroso, que explora todas las zonas del pensar, actuar y sentir lo desigual de una relación, construye una conciencia extrema del ser en el ‘cuerpo-alma’.
Hay aquí una, todavía, nueva resistencia, una pornografía del pensamiento: obscena, insidiosa y obscena en su sinceridad: una bofetada al “amor propio” del amor.
Allí, ella, que lo dice todo, le escribe: “Usted, naturalmente, no me escribirá más – puesto que ya tiene mis versos. Usted es como un bebé: se le hace caminar atrayéndolo con una manzana – siempre ofrecida, jamás concedida, porque al obtenerla el bebé se detiene. Usted posee la manzana”.
En una carta, siempre cartas, Serguei Efron dice a un amigo de su esposa Marina: “Arrojarse de cabeza a un huracán se ha convertido para ella en una necesidad, ese es el aire que ella respira. Poco importa el objeto actual de ese huracán. Casi siempre (…) o mejor dicho, siempre, todo reposa en una auto-ilusión. Se inventa un hombre, y el huracán ya puede empezar. Si la insignificancia y los límites del objeto del huracán se descubren rápidamente, Marina se entrega a un nuevo huracán de desesperación, estado que favorece la llegada de un nuevo estímulo. Poco importa el qué; lo que importa es el cómo. No se trata de la realidad de las cosas, de la fuente de los sentimientos, sino de un ritmo enloquecido. Hoy es la desesperación, mañana será el entusiasmo, el amor, la entera donación de sí misma, y pasado mañana será de nuevo la desesperación. Y todo ello en presencia de una inteligencia lúcida, fría, cínicamente volteriana.”
En este libro: “¡Usted hace de mí una especie de animal!” Y en otra carta: “Mientras lo ame, me encontrará siempre entre usted y yo, jamás en usted, o en mí… ( ¡te amo hasta más no poder! –¿dónde?– ¡en mi cuerpo!).
En la carta novena: “Es siempre el mismo usted el que no viene hacia la misma yo que siempre espera”.
Dice Cixous en el posfacio: “Para Tsvietáieva, parece ser, hay abandono. Es un abandono que precede a todo, y que al mismo tiempo no es aceptado; es tal vez un abandono tan grande que nada puede consolarlo”.
Ese abandono constitutivo es parte de lo que la hará invulnerable, en el devenir de
una “manera del ser”, ella elabora una teoría sobre el don y la generosidad casados con la renuncia, así en la escritura como en la vida, sólo comparable, creo, a la de Simone Weil, su contemporánea absoluta.
Escribe, siempre en Noches florentinas: “Pero si piensa en mí por sí solo, sepa que no me lleva a ninguna parte, que ya he sido llevada de todos los lugares del mundo – por mi propia cuenta – hacia uno solo, al que no llego nunca (…) Corta de ternura (por haberla prodigado tanto). Es profundo y exacto pero no es todo. Porque, vea usted, es sólo cuando uno está corto (de ternura o de toda otra fuerza) cuando reconoce su inagotabilidad. Cuanto más damos, más nos queda; cuando lo prodigamos – ¡todo afluye! Desangrémonos – y henos aquí fuente viva.”
Y en otra carta: “Siempre he preferido ayudar a dormir que quitar el sueño, dar de comer que quitar el apetito, dar ideas que hacer perder la cabeza. He preferido siempre dar que quitar, dar – que recibir, dar – que tener.”
Puro cuerpo que no necesita, Marina me completa, y cuando leí Indicios terrestres, su diario de Moscú de 1918-1919, cada objeto tenía para mí el valor de un mendrugo o una bolsa de papas podridas bajo la nieve o el carbón inexistente de su estufa: ella escribía con la falta como quien describe la fiesta.
Aunque ella dirá de su obra en general: “Todo esto ha existido. Mis versos son mi diario íntimo”, para la ficción creada en Noches florentinas agrega un finale. Diez cartas, más un “Relato del último encuentro” y una “Advertencia final o fase póstuma de las cosas”, que dice, para terminar:
“Algo, (¡algo muy grande!) toma su venganza por mí y a través de mí. ¿Desea usted su nombre, que aún no conozco? ¿El amor? No. ¿La amistad? No, tampoco, pero está cerca: el alma. El alma herida en mí y en todas las otras. Herida por usted y por todos los otros, eternamente herida, eternamente renaciente, y finalmente invulnerable.
La invulnerable – incurable.
Es ella la que se venga retirándose de usted, ella que lo habitaba y revestía aun más de lo que lo hace el mar con la ribera (…) mis versos, con los que jugaba como el niño que usted es – es ella, el alma, la que se venga…”
Marina, en estas cartas, escribe sobre cómo unir lo que siempre se pretende mantener separado: sabe que nunca será para ellos un “cuerpopalabra”.
La palabra y el cuerpo son la misma Cosa, las mujeres parecen saberlo más, haber hecho de esta encrucijada su dilema. Escribo: “En tanto, el cuerpo y la palabra / son uno para ella. / Dice dolor y no puede soportarlo, / y amor dice, y se le hace / agua la boca”, y cuando lo leo me vuelve a doler, a dar sed.
Y Marina Tsvietáieva dice al amante, en Noches florentinas: “Para los que se me han aproximado, siempre ha habido algo de más en mí, ‘algo de más’, léase: una gran mitad, toda una yo de más, o la yo viviente o el yo viviente de mis versos. Nadie sospechó que son las dos caras de una sola y misma fuerza, fuerza que hubiera podido manifestarse bajo mil formas y todavía seguiría siendo una y total.”
Así como veía el no dar como nadie vio, sabía de su cuerpo lo que todos niegan: es música, es aire entrando y saliendo por el alma, es sólo lo que tenemos, alimento y condena, goce, goce puro, hambre y sed, hambre y sed de otro, inteligencia de la carne sin adorno.
Liliana Lukin, Buenos Aires, 2011.
Gracias, Flaco
8 febrero, 2012
Rhytm & bici
30 enero, 2012
Por Mariano Pedrosa
La foto muestra una multitud que surge inesperada y fantasmal, los acompaña la niebla. Podrían ser zombies hambrientos de cerebro que avanzan camuflados en la niebla, sin embargo su intención es pacífica, por eso uno tampoco podría compararlos con un ejército, les falta actitud beligerante. No tienen armas, todos poseen su bicicleta, a pesar de esto el conjunto es más bien hierático, mudo y aunque visten ropa liviana la imagen transmite frío. La fotografía deja ver una multitud desordenada pero no ansiosa, como un cardumen, pero de bicis navegando por las calles, sin bicisendas que afeiten la libertad.
“Masa crítica es una coincidencia no organizada, es un movimiento de bicicletas en las calles”, pero además es un auténtico acústico de cuerpos en acción, de tendones, cadenas, piel, fierros, sudor, grasa. Es el punto en que una multitud hace coincidir el placer con la militancia. No son cuerpos engullidos y silenciados por máquinas rugidoras, sino un tetris de formas lindamente encajadas, unas en otras, pedaleando por la ciudad. Bicicleta es alegría entre las piernas, como sugieren algunas remeras.
El rumor del paseo multitudinario, acompasado por músicos que suben su pasión arriba de la bici, revela la presencia de otros sonidos. Es que con motores no hay sonidos y tampoco silencio. Ni siquiera hay ruido: hay una obstinación en el daño, sonoro y ambiental. Hegemonía es la palabra maldita, aquello que oculta la riqueza de las disonancias, que hace creer que no hay más mundo que aquel que se impone a la fuerza, por el imperio del imperio.
Las convocatorias a la masa crítica son abiertas, este domingo 5 de febrero a las 16 te podés encontrar en el Obelisco con Emiliano Ocantos (Oca), autor de las fotos, y con otros cientos pedaleadores…
Más de Oca, acá.
Aki Tsuyuko: el estilo de la flor serena
23 enero, 2012
Discos / Aki Tsuyuko / Hokane (2006) Por dmp

“En una taza de plata, atesorar nieve” Con esta imagen Zeami (1363-1443), el actor y autor de teatro Noh medieval japonés, inicia en su estudio de los nueve grados, compilados en su tratado de estética Kyui-Shidai, la descripción del tercer grado: “el estilo de la flor serena” (revista Tokonoma #4). Reposada y resplandeciente, microscópica y expansiva la música de Aki Tsuyuko predispone al espíritu a aventurarse por paraísos diminutos, como el que cabe en la taza de Zeami. Gentil el sello Thrill Jockeyque editó su libro-disco “Hokane” al permitir escuchar todos los temas que integran esta obra.
Y gracias a Jerónimo por hacernos conocer “Aquilo”, tema que si lo dejas te lleva en un tren (de juguete, vacío) al mismísimo centro de la taza

Aki Tsuyuko
Compartiendo con los niños el caos del mundo
18 enero, 2012
Sonajero / Algo sobre el hip…hip…hipo…hipopó…hipopótamo tar tar tartamudo tiene hipo, disco producido por el colectivo Viajo. Por dmp
Quiero compartir el caos del mundo con vos, le dice un sapo sin fe ni dios, viejo y feo para más datos, a la rana que lo enamora. Patos que se pierden. Familias de patos que se pierden y se vuelven a encontrar para perderse otra vez. Manos como nubes, carcajadas de trompos, edificios de discreta curiosidad, persianas que pestañean y gente que obedece a unos niños mareados como adultos. ¿Qué hace a una canción infantil ser o no ser infantil? ¿El estar destinada a los más pequeños nomás? ¿Donde se construyen los imaginarios de tu infancia, quienes fabrican esos estribillos?
Adrián Paoletti & Los Acordes, Lucila Inés, Micaela Valderdi, Yamili Duarte, Francisco Garamona, Julieta Sabanes y Federico Hoffman, confabulados, tal vez sin proponérselo, contra los estereotipos del mercado de la música para niños, proponen otros rumbos para el oído infantil en las 6 canciones tan artesanales como contundentes que pueblan este disco. Lo que parece (y es) una pacífica ronda de juglares marchando ¿alegremente? a un mismo compás se revela en los 15 minutos que dura el disco como una cofradía de niños y poetas que eluden los diminutivos para celebrar la fragilidad, el caos, los caminos sin sentido, la felicidad de encontrarse con otros patos en la noche oscura, las sorpresas que depara una decisión impensada, los equipajes livianos. Dar la vuelta a un mundo mal pegado, dice, canta por ahí, Julieta Sabanés. Guitarras acústicas, coros de niños, charango, trombones y fanfarrias de lo más suaves, ecos beatlescos (Submarino Amarillo) y walsheanos (María Elena en este caso) flotan en el camino.
El colectivo VIAJO, con sede en la ciudad de Médanos, provincia de Buenos Aires es una sociedad de artistas y ciudadanos que voluntariamente ofrecen alternativas para la circulación de textos, ediciones, música, cine, información y obras de arte. Desde hace varios años vienen recuperando espacios abandonados, realizan muestras, talleres de artes y oficios, y producen obras gratuitas por donde se las mire, como este disco. El hip…hip…hipo…hipopó…hipopótamo tar tar tartamudo tiene hipo, con tapa de Lola Goldstein que se puede descargar aquí:
http://www.mediafire.com/?3x1cg3ozug2uto9

http://www.proyectoviajo.com.ar/
Riachuelos de lluvia con sol
30 diciembre, 2011
Escenarios / Arrojas poesía al Sur, en Los Pibes, organización social y política de La Boca. 22 de diciembre de 2011
Por Luc Pierrot
El día más largo del año cerró su telón de nubes y veló la claridad del estío-hastío antes del atardecer. El alerta meteorológico amenazaba con piedras cenitales, una vez más, desde las voces alarmistas que profesan el pánico. Precisamente diez años después de aquella tempestad social y política, de aquellas piedras que movieron los cimientos de un modelo destinado al anegamiento. Pero la tormenta infló el buche y aguantó un poco. Y una nueva cosecha de poesía se aprestó; la que trazó el último cuadrante del ciclo 2011. Arrojas Poesía al Sur cerró el año con su versión veraniega en el espacio Los Pibes, organización social y política que realiza un importante trabajo barrial desde hace más de quince años a escasos metros de la Boca del Riachuelo.
La ambientación del espacio, una instalación a cargo de Alejandra Fenochio, invitaba al relax de las imaginarias playas de ese Riachuelo cercano, entre reposeras, sombrillas, frutas, libros y flores que rebalsaron el espectro cromático de un arco iris al que la tormenta todavía no le daba pista. En otro costado del salón, la muestra Salven a las Sirenas, de Jacqueline Tagger, visibilizaba la problemática de la contaminación en el riacho boquense. Y más allá, entre la wiphala que rememoraba el Qapaq Raimi incaico, la gran Fiesta del Sol, y a pesar de las nubes, una estructura de hierro de Carlo Pelella simbolizaba el solsticio del verano. La obra de estos tres anfitriones estaba enmarcada por los murales de otro artista del barrio, Omar Gasparini, los cuales pregnan de una mayor identidad boquense a Los Pibes.
Marta Sacco y Zulma Ducca, organizadoras del ciclo, abrieron el encuentro. La primera leyó un fragmento de la novela Océano mar de Alessandro Baricco. Luego presentaron el primer bloque de lectura en las voces de La Boca y Barracas: Carlos Macagno y Hernán Scorofiz, que coordinan el taller de escritura El Oasis del servicio 17 del Hospital Borda, junto a Ramón Córdoba, uno de los talleristas; la poeta y actriz Marianela Riera, vecina de La Boca que leyó fragmentos acuáticos de su libro Al borde de la noche; y Ricardo Piña, de la cooperativa editorial Eloísa Cartonera, con extractos de un libro de viajes de Diana Bellessi. Mientras tanto, Romina Incarbone oficiaba de clown repartiendo coloridos refrescos a los y las poetas.
Un breve intervalo dio lugar para unas empanadas elaboradas por el Área de Política Alimentaria de Los Pibes, sede del ciclo itinerante en esta ocasión, y espacio donde también funciona la Radio Popular FM Riachuelo. Además, se habilitó el mercadito de libros de Eloísa y Curandera, postales, remeras serigrafiadas y revistas Tokonoma, Ricardito y Al oído.
A su turno, el llamador avisó el inicio de la función de kamishibai, teatro de papel de origen japonés a cargo de Diego Maxi Posadas y María Eva Blotta. La atención se concentró sobre ese mini-escenario de madera por el que se deslizan las imágenes pintadas en papel, arte callejero que nació en el primer cuarto de siglo XX, antes del bombardeo televisivo y atómico. La historia narraba el leve revoloteo de un panadero en su viaje de desprendimiento, mientras la brisa que entraba por las ventanas anunciaba la lluvia incontenible.
En el siguiente bloque, la poeta Claudia Masin leyó el prólogo de su libro de poemas El verano, con una cadencia pausada como el sudor que extrajo retazos de una memoria chaqueña de lapacho, calor de sol terrenal y silencio. Entre el público, el clima redundaba: la saliva se espesó como mercurio y la piel se cubrió de rocío salado. Afuera, la batuta de la orquesta de agua comenzaba a repiquetear el atril. A continuación, Masin invitó al escenario a tres poetas con quienes comparte un espacio de compromiso con la poesía y la política. Fernando Caniza, con No hay tiempo de más, imaginó un apocalipsis versificado en una ventriloquia de canal de noticias; Miguel Martínez Naón leyó un poema en homenaje a “El Nariz”, militante desaparecido por la última dictadura, mientras la tormenta tronaba y la lluvia se desataba en una respuesta rabiosa de la historia; y Julia Magistratti seleccionó una serie de poemas de su libro El hueso de la sombra, donde la infancia vuelve para ser huella del presente que revuelve pasado, sombra en el hueso. Por último, Claudia Masin leyó Resistencia, poema dedicado a su ciudad natal y a la acción que significa y resquebraja el molde de la palabra toponímica.
Para cerrar, Zulma Ducca, en voz y guitarra, y María Laura Boscariol, en acordeón y coros, terminaron de darle cuerpo litoraleño al ciclo con El cosechero, de Ramón Ayala, y Esa musiquita, de Teresa Parodi. Apenas quedó tiempo para un breve micrófono abierto en el que Facundo Ruiz, participante en el primer encuentro, recitó poemas viejos y nuevos; y el dúo Valero-Beccaría tocó unos temas norteños dedicados al Ekeko, dios de la abundancia.
El ciclo estacional Arrojas Poesía al Sur, que tomó su nombre del poeta popular de Barracas Jorge Arrojas (1938-2010), comenzó con el otoño y cerró el año con una cosecha suculenta de poesía. A la salida, sobre la calle Suárez y bajo la lluvia estival, un nuevo y pequeño riacho pluvial con lecho de adoquines discurría y sedimentaba las semillas poéticas que germinarán el año que viene. Y así, entre riachuelos correntosos, y como todo ciclo, Arrojas Poesía al Sur reverdecerá una vez más.
Festival Increíble de Historietas, Fanzines y Afines
20 diciembre, 2011
Empiezo por el (casi) final de la feria (lo que pasó después me lo perdí), cuando de repente uno de los personajes de alguno de los maravillosos comics que se estaban exponiendo se escapó de la bidimensionalidad y se materializó en el espacio feriante. Un enmascarado con una suerte de kimono, sobreviviente de varias batallas, pistolas de luces y rayos sonoros, movimientos espasmódico-sensuales, y dotado de un micrófono dorado ejecutó una suerte de ritual buffo. El marco sonoro era difícil de definir, entre espacial y chirriante. El conjunto, maravilloso.
Ahora sabemos que tras la máscara se ocultaba el gran artista Bueno Kunichiro, que anda de viaje por Sudamérica. Que esta mini reseña sirva como tributo, para conocerlo mejor hacé click acá.
Antes de esto, los comiqueros demostraron que saben cómo organizar una buena feria. Hubo ajetreo, barra, público y además un intenso debate sobre el rol del Estado capitalista y el comic (?) -que no seguimos muy bien-; un llamado a superar la cárcel o la viñeta eternáutica; seguido de otras arengas más tanguero sufrido que fanzinerosos de fotocopiadoras tomar. Y cuando ya nos estaba por comer el tenebroso monstruo del embole, se alzó la voz que dijo: “Que el artista se muera de hambre. Que se alimente de su arte y su talento. Que el Estado use su dinero para alimentar a los chicos desnutridos de Formosa.” Nos quedamos con las ganas de que todo terminara a las trompadas y que volaran onomatopeyas pop sobre las cabezas. Por suerte el Bueno de Kunichiro, fantasma amigo de los niños, vino a reponer el misterio necesario.
Los comics y fanzin que pudimos ver eran buenísimos: Niños Ultramundo, Exabrupto, Panxarama, Editorial La Pinta, Caosencomics, Burlesque ediciones, Del re(f)alón edyziones, Híbrido, Leo lo que me tiran, Revista Bicicletista, La Dársena (Azul Blaseotto y Eduardo Molinari) y al amigo Nico Prior de Cuentos japoneses para niños, entre muchísimos otros.
Ojalá se repita esta feria.
¡Larga vida al comic y al fanzin independientes!
Gabo Ferro / La aguja tras la máscara
Por Mariano Pedrosa
La voz de Gabo Ferro te perfora el estómago, te hace un agujero ahí, y empieza a comerte. No todos lo entienden, claro. Las experiencias estéticas que van tan lejos son riesgosas, aunque también profundamente honestas. “Mi buitre va a volar / mi buitre va a tragar tanta carne en silencio que aullará / desgarrando la casa de su hueso (…) Mis buitres partirán / cuando se hayan tragado todo el mal”.
En su último viaje discográfico -La aguja tras la máscara, editado por el sello independiente oui oui records-, Gabo F canta con susurros, clamores, recurre a los tonos que necesita para hacer vibrar sus canciones. Este álbum le habla al personaje que escondemos detrás de escena, detrás de la máscara. Un difícil llamado a enfrentar los tormentos más íntimos, por eso advierte apenas comenzado el disco: “No te asustes, no sirve, no te escapés, / volvé…”. Es que estas canciones le hablan a una “vieja herida que no puede cerrar”, y esa intención está presente en cada una de las doce canciones.
Si Gabo Ferro se destaca por algo, es por presentar desde hace varios años propuestas estéticas complejas y comprometidas. El impacto y el devenir de las canciones recorren sendas inesperadas y quedan fuera de todo control. Están invitados a leer la reseña de la Flia de Bonpland (ver abajo) donde Helena entonó una versión de “Hay una Guerra” (del disco Boca arriba).
. . . . . . . . . . …….
FLIA 19 / Bonpland 1660, sábado 10 y domingo 11 de diciembre de 2011
14 diciembre, 2011
PEQUEÑA POSTAL GUERRERA. Por dmp
Hay una guerra allá afuera, y te estoy invitando. Esto cantaba una y otra vez una de las dos niñas que, micrófono en mano, bailaban e improvisaban acompañadas por una base hip hopera de uso comunitario. Luminosas, nos hicieron bailar y delirar a todos los que estábamos en la Feria del Libro Independiente y (A), puesteando lo que hacemos, en familia, como siempre, cuando la tarde del sábado empezaba a bajar. Cantaban y bailaban en la calle Bonpland, a las puertas de la Asamblea de Palermo y el Mercado Recuperado, y protegidas del circular de los autos gracias al Arma de Instrucción Masiva (la foto es prestada de otra batalla) que cortaba uno de los accesos y permitía la feria. Frontera anti frontera, guerra anti guerra. Después nos enteraríamos de que Hay una guerra allá afuera, y te estoy invitando es parte de una letra de Gabo Ferro. Una que nos recuerda a la del viejo Leonard Cohen, la que dice Hay una guerra entre el rico y el pobre, una guerra entre el hombre y la mujer, una guerra entre el que dice que hay una guerra y el que dice que no hay guerra. ¿Porqué no vuelves a la guerra? Pero qué bueno no haber tenido esta información en la cabeza mientras las niñas, hijas de libreros y editores independientes, agitaban y parecían estar inventándolo todo, como antenitas con pollera de este random epocal.
Gracias a todos los compañeros que sostienen esta batalla de amor a fuerza de libros, equipos de sonido y cervezas artesanales al hombro. Y nos vemos en las próximas FLIA.
Amalia Sato nos presenta
7 noviembre, 2011
Escrito y leído por Amalia Sato en la Galería 713 para la presentación de la revista, el viernes 4 de noviembre 2011.
Sumario: una directora de cine y su obsesión por los datos que un sonido brinda. El registro del murmullo social como el mejor camouflage para los grandes secretos en público. El aprecio emotivo por los hits que marcan una etapa y son vigas de la memoria. Un paneo por blogs archivo. La recuperación de un texto de congreso que pocos escucharon y que alerta sobre una lengua bisagra que ya es un hecho: el portuñol. Un recorrido por una batea muy específica: la de los pianos exquisitos con indicaciones entusiastas dignas de viejo librero. Nombrar por su género a una conocidísima canción japonesa. Honrar el plano dibujado por alumnos de una escuela, activos participantes, como ilustración del proyecto postales sonoras. Dar dimensión confesional a las palabras de Sixto Palavecino y desasnarnos sobre el canto nirgun de la India. Más poemas exquisitos.
Todo esto propone “Al oído”, y si la tecnología moldea ideología, aquí hay intenciones absolutamente modernas. Ser moderno, imponerse siempre ese proyecto como zanahoria tentadora: información precisa, mucho www, certera velocidad conceptual, respeto por las trayectorias es decir por la historia misma, organización de archivos y ficheros. Y diseño, mucho color, cada página enjoyada, pero honrando al texto.
Invocando de los cinco sentidos, el que más desarrollado tienen felinos y cetáceos, Diego Posadas y Mariano Pedrosa nos hablan al oído, pero no bajo reserva o confidencialmente, ni en voz muy baja cerca de la oreja para que nadie más oiga, vale decir no a l’oreille, ni whisper it in my ear. Creo yo que inventan un nuevo modismo: que al oído ahora tendría que abarcar lo contario: dispersión, proliferación, difusión.
Les aconsejo que presten oídos, que no cierren sus oídos, que si hay alguien duro de oído se disponga a escuchar pues tengo la intención de regalar el oído de Diego y Mariano, que son todo oídos en este momento; ellos tienen buen oído y prestan oído a lo que les interesa y aprecian. Saben discernir todo lo que llega a sus oídos porque no emprendieron esta tarea de oído ni les entran las cosas importantes por un oído y les salen por el otro. Para ellos – vamos en italiano – sentire, ascoltare, udire, es scoprire y sapere.
Con picardía privilegian un sentido para abrirnos a nuevas percepciones. Hacen eso que sólo una revista – hoy ésta a la par literaria y musical – puede hacer con libertad: gestión política de nuevas circulaciones.
Sólo por darse el gusto y con megáfono, al oído.













