Sobre Marina Tsvietáieva – Una yo de más en mí

9 febrero, 2012

Voz invitada /  Liliana Lukin

“Las casuales coincidencias biográficas suelen jugar en la vida real un papel sorprendente. En los tratados científicos que reconstruyen de modo retrospectivo la cadena de acontecimientos recíprocamente ligados, se habla de dichas coincidencias como de circunstancias insignificantes, por temor de caer en exageración exaltada o en ‘literatura’.”

De la introducción, en Cartas del verano de 1926, firmada por los herederos de Pasternak.

Desconociendo en 1989 la obra de Marina, construyo con la fórmula retórica “mi querida”: una serie de poemas-carta. En 1991 se publican tres de esos textos y viajo a EEUU, a trabajar en universidades sobre literatura argentina. Llevo la fotocopia de la publicación como “carta de presentación”.

Primer acto. Un poeta venezolano lee mis poemas y me pregunta si conozco -dice que debería- el libro de una poeta rusa, Marina Tsvietáieva, que acaba de comprar en Caracas y tiene consigo, aún sin leer. Ese breve préstamo bajo la mirada del otro, es un trance, un tránsito: reconozco, me reconozco, entiendo lo que el joven vio en mis textos. Emoción ante las frases de estas cartas a un amante, fragmentos que leo rápido, saltando sobre las páginas, como un pájaro, temblando. Paso las hojas en desorden, bebo esas frases: desde cualquiera, ella me habla, soy hablada por ella, esa desesperación me impide mirar bien el libro, quiero fotocopiarlo, pero no hay dónde, es domingo y antes de que anote el título siquiera, quien tendió el puente se ha ido con el objeto, más necesario ahora para mí que todo equipaje.

Segundo acto. Viajo a otra ciudad, doy a leer mis poemas-carta, ahora a José Emilio Pacheco, le hablo de Marina, de ese libro recién publicado, y él me dice que hay uno anterior, imprescindible, publicado en México, Cartas del verano de 1926, traducido por su sobrina, Selma Ancira.


Tercer acto. En Nueva York, última etapa del viaje de trabajo, sigo escribiendo esos poemas que comparto con la amiga del hospedaje, le cuento la cadena de coincidencias. Ella, una pintora mexicana, Guadalupe Reyes, me habla de las cartas de amor de su tía, la poeta Rosario Castellanos, promete buscarlas, y conseguirme ese libro de edición mexicana “de la poeta rusa”.
Como se ve, una historia de tíos y tías y sobrinas de un mundo de venezolanos y mexicanos entregándome tesoros que son siempre “de la lengua”. Vuelvo a casa.

Cuarto acto. A fin de ese año 1991, recibo desde México un regalo: Cartas del verano de 1926. No lo leo, lo devoro. Ese intercambio, el borde entre vida y escritura, tan bordado, las notas exhaustivas de la edición que reenvían a otros libros, archivos y acontecimientos, y la densa capa de una verdad de las historias sostenida por la maravillosa traducción, se convierten en mi único alimento. El entrecruzamiento de cuerpos y declaraciones, discursos al oído de amor e inteligencia, producen en mí una identificación con el estado de los protagonistas que divide mi vida.
Etapas de lectura: aumento de la admiración, inseparable del reconocimiento o intuición de algo ya sabido, ya pensado, escrito. Un estado de éxtasis, no experimentado antes con ninguna lectura: los escucho hasta en sueños, los escucho a esos tres, Rilke, Marina, Pasternak. Su voz es para mí, estoy corrigiendo mi libro, y ella, esa voz, triple, sacude todo lo que podía quedar de rugoso o sucio en mi pensamiento.

Quinto acto. Desde mi regreso, sin descanso busco aquel otro libro, el fantasma, sin saber de qué editorial es, escribo a un amigo venezolano con el pedido, no existe aún internet, librerías y bibliotecas son expurgadas y pasan meses, hasta que un azaroso día de octubre de 1992 reciba un envío desde Caracas: Noches florentinas y Carta a la Amazona, de Marina Tsvietáieva, el objeto del deseo que me dieron a leer apenas, un año atrás. Es de una editorial española que no llegaba en esos años a Buenos Aires. Y está conmigo. Desatar el paquete, ver y tocar: al fin, esa tapa, ella en mí. Encontrar el momento esa misma tarde y leer, masticar cada una de esas cartas, ser golpeada por el concepto, oír a Marina, despertar del adormecimiento de una idea ya poseída pero no trabajada, sonreír ante el placer del texto, otra vez reconocerse, en lo ya pensado, en lo por pensar, en lo ya escrito y lo por escribir, ah, qué lectura más corporal, gozosa y riente. Dejar para el final el posfacio de Hélène Cixous, otro placer absoluto. Y finalmente, leer que en el prólogo de la traductora (Elizabeth de Burgos), último párrafo, a propósito de los deseos de Marina para su tumba, nunca cumplidos, dice:
“Tal vez una fecha propicia podría ser el día del centenario de su nacimiento, el 9 de octubre de 1992. No se trata de conmemorar, sino de otorgarle morada a un mito que se mantiene aún en exilio. Allí escogió ella su lugar de reposo, y allí se lo deberían dar. Mientras tanto su voz ha germinado, su potencia ha atravesado la corteza gélida del poder de la muerte, y hoy nos llega y la escuchamos, como ella lo deseó: en el tiempo de las fresas”.  París, 26 de mayo de 1989.

Entonces se produce la asombrosa constatación, la conciencia repentina de que ese día, en que el correo postal trajo ese libro, del mismo modo en que Marina recibía o enviaba sus paquetes, ese día era, justamente, la “fecha propicia”, el 9 de octubre de 1992.

En el prólogo del libro llegado como una anunciación, viaja desde hace 50 años eso dicho (¿en qué oído?), eso escrito (¿en qué pedazo de papel?) para el cuerpo, muerto en 1941: “Aquí hubiera querido reposar”, “a la sombra de un saúco…” o “que posaran una piedra extraída de una cantera de Tarusa”, una expresión que se convierte, en el momento de mi lectura, en una premonición. Ese prólogo, escrito en 1989, proponía que en 1992, a 100 años del momento de advenir ella a este mundo, se realizara el deseo expreso de Marina para su cuerpo: darle un hogar a su nombre.
Y yo, tan lejos de Tarusa, pero tan cerca de Rusia en el nombre del padre, mi padre, tan transida de “lo mujer” que ella fue, no de “la mujer”, no de “lo femenino”, sino de “lo mujer”, tan marcada por la revolución soviética, sin ser víctima sólo por la distancia en el tiempo, sabiendo que un hermano de 15 años de mi abuela paterna había marchado con el Ejército Rojo para no volver… yo supe que si hubiera estado allí hubiera sufrido como ella.

¿Delirios de destino? ¿Sentimentalismo? ¿Calidad porosa de un cuerpo-mente que se deja impregnar de modo carnal por una letra? Ella ya había sido leída y amada por mí en sus cartas con Rilke y Pasternak, pero este libro negado por la circunstancia, estas cartas, que fueran su primer pasaporte ante mí, el verdadero schibboleth, la contraseña para saberme de su patria, hermana en la letra y en el cuerpo, llegó a mi hogar en su centenario, y esa exactitud hizo de mí una elegida en mi deseo, y no le di otra sepultura que la deseable para su alma: ser leída, ser otra-vez-en otra-vez. Siempre, como diría Derrida, por primera vez. Y para siempre.
A fin de ese año 1992 publiqué el libro llamado Cartas, y así como en alguna ya citaba a Rilke antes de conocer a Tsvietáieva, dos de las últimas tienen citas de ella: he ahí su cuerpo enterrado.

Carta XXIX

mi querida: “vivir en serio es doloroso. En esto
tú me ayudas”
no a calmarlo entiéndase
a estar doliendo más bien
de pie al lado de un sueño de fiebre

“las líneas de fuerza se cruzan fuera de nosotros”
pero yo espero y otra voz
es ahora la que marca el territorio porque
una es una
mujer adulta y la adultez
tiene la cara de un desconocido
allí la plenitud es al deseo
como el acto a la voluntad: una ecuación difícil

(la cara del desconocido me resulta familiar
sabés y tan segura que la adultez es esa
escena armada en sueños: allí se vive
un instante perfecto en un paisaje perfecto)

así yo espero (eso es la corteza y la pulpa
de una idea de la felicidad)
y en esta actividad soy ya otra muchacha: tantas
me deslumbra ser
que esperaría más.

Noches florentinas es la reescritura de 10 cartas de un romance con el editor Abraham Visniak, que duró apenas 10 semanas, apenas llegada a Berlín, en 1922. Convertidas en una nouvelle que traduce al francés, no logra publicarlas. De ellas, puedo decir lo que ya he escrito: yo soy mi cuerpo. Y este pequeño tratado sobre lo amoroso, que explora todas las zonas del pensar, actuar y sentir lo desigual de una relación, construye una conciencia extrema del ser en el ‘cuerpo-alma’.
Hay aquí una, todavía, nueva resistencia, una pornografía del pensamiento: obscena, insidiosa y obscena en su sinceridad: una bofetada al “amor propio” del amor.
Allí, ella, que lo dice todo, le escribe: “Usted, naturalmente, no me escribirá más – puesto que ya tiene mis versos. Usted es como un bebé: se le hace caminar atrayéndolo con una manzana – siempre ofrecida, jamás concedida, porque al obtenerla el bebé se detiene. Usted posee la manzana”.

En una carta, siempre cartas, Serguei Efron dice a un amigo de su esposa Marina: “Arrojarse de cabeza a un huracán se ha convertido para ella en una necesidad, ese es el aire que ella respira. Poco importa el objeto actual de ese huracán. Casi siempre (…) o mejor dicho, siempre, todo reposa en una auto-ilusión. Se inventa un hombre, y el huracán ya puede empezar. Si la insignificancia y los límites del objeto del huracán se descubren rápidamente, Marina se entrega a un nuevo huracán de desesperación, estado que favorece la llegada de un nuevo estímulo. Poco importa el qué; lo que importa es el cómo. No se trata de la realidad de las cosas, de la fuente de los sentimientos, sino de un ritmo enloquecido. Hoy es la desesperación, mañana será el entusiasmo, el amor, la entera donación de sí misma, y pasado mañana será de nuevo la desesperación. Y todo ello en presencia de una inteligencia lúcida, fría, cínicamente volteriana.”

En este libro: “¡Usted hace de mí una especie de animal!” Y en otra carta: “Mientras lo ame, me encontrará siempre entre usted y yo, jamás en usted, o en mí… ( ¡te amo hasta más no poder! –¿dónde?– ¡en mi cuerpo!).

En la carta novena: “Es siempre el mismo usted el que no viene hacia la misma yo que siempre espera”.

Dice Cixous en el posfacio: “Para Tsvietáieva, parece ser, hay abandono. Es un abandono que precede a todo, y que al mismo tiempo no es aceptado; es tal vez un abandono tan grande que nada puede consolarlo”.
Ese abandono constitutivo es parte de lo que la hará invulnerable, en el devenir de
una “manera del ser”, ella elabora una teoría sobre el don y la generosidad casados con la renuncia, así en la escritura como en la vida, sólo comparable, creo, a la de Simone Weil, su contemporánea absoluta.

Escribe, siempre en Noches florentinas: “Pero si piensa en mí por sí solo, sepa que no me lleva a ninguna parte, que ya he sido llevada de todos los lugares del mundo – por mi propia cuenta – hacia uno solo, al que no llego nunca (…) Corta de ternura (por haberla prodigado tanto). Es profundo y exacto pero no es todo. Porque, vea usted, es sólo cuando uno está corto (de ternura o de toda otra fuerza) cuando reconoce su inagotabilidad. Cuanto más damos, más nos queda; cuando lo prodigamos – ¡todo afluye! Desangrémonos – y henos aquí fuente viva.”

Y en otra carta: “Siempre he preferido ayudar a dormir que quitar el sueño, dar de comer que quitar el apetito, dar ideas que hacer perder la cabeza. He preferido siempre dar que quitar, dar – que recibir, dar – que tener.”

Puro cuerpo que no necesita, Marina me completa, y cuando leí Indicios terrestres, su diario de Moscú de 1918-1919, cada objeto tenía para mí el valor de un mendrugo o una bolsa de papas podridas bajo la nieve o el carbón inexistente de su estufa: ella escribía con la falta como quien describe la fiesta.

Aunque ella dirá de su obra en general: “Todo esto ha existido. Mis versos son mi diario íntimo”, para la ficción creada en Noches florentinas agrega un finale. Diez cartas, más un “Relato del último encuentro” y una “Advertencia final o fase póstuma de las cosas”, que dice, para terminar:

“Algo, (¡algo muy grande!) toma su venganza por mí y a través de mí. ¿Desea usted su nombre, que aún no conozco? ¿El amor? No. ¿La amistad? No, tampoco, pero está cerca: el alma. El alma herida en mí y en todas las otras. Herida por usted y por todos los otros, eternamente herida, eternamente renaciente, y finalmente invulnerable.
La invulnerable – incurable.

Es ella la que se venga retirándose de usted, ella que lo habitaba y revestía aun más de lo que lo hace el mar con la ribera (…) mis versos, con los que jugaba como el niño que usted es – es ella, el alma, la que se venga…”

Marina, en estas cartas, escribe sobre cómo unir lo que siempre se pretende mantener separado: sabe que nunca será para ellos un “cuerpopalabra”.

La palabra y el cuerpo son la misma Cosa, las mujeres parecen saberlo más, haber hecho de esta encrucijada su dilema. Escribo: “En tanto, el cuerpo y la palabra / son uno para ella. / Dice dolor y no puede soportarlo, / y amor dice, y se le hace / agua la boca”, y cuando lo leo me vuelve a doler, a dar sed.

Y Marina Tsvietáieva dice al amante, en Noches florentinas: “Para los que se me han aproximado, siempre ha habido algo de más en mí, ‘algo de más’, léase: una gran mitad, toda una yo de más, o la yo viviente o el yo viviente de mis versos. Nadie sospechó que son las dos caras de una sola y misma fuerza, fuerza que hubiera podido manifestarse bajo mil formas y todavía seguiría siendo una y total.”

Así como veía el no dar como nadie vio, sabía de su cuerpo lo que todos niegan: es música, es aire entrando y saliendo por el alma, es sólo lo que tenemos, alimento y condena, goce, goce puro, hambre y sed, hambre y sed de otro, inteligencia de la carne sin adorno.

Liliana Lukin, Buenos Aires, 2011.

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