Pink Floyd y el sueño de los otros

7 marzo, 2012

Por Marcelo Zanelli

Ayer me llega un mail en el que un gran amigo me recomienda a alguien que no sé quién es y que le pidió una nota acerca de Roger Waters y él, por motivos que no vienen al caso, me lo derivó. No me llamaron, no me escribieron, pero me quedé pensando en eso y terminé durmiéndome a las cuatro de la mañana. No escribi nada, pero la nota se me armó en un sueño que tampoco me tomaré el trabajo de redactar. Por dos motivos: uno, el principal, es que no estoy obligado, ni comprometido a hacerlo, el segundo, tan principal como el primero pero claro, no pueden estar superpuestos y, por lo tanto, lo ubico en segundo lugar, es que los sueños me aburren o, mejor, ciertos relatos de sueños me aburren. Cuando alguien me dice no sabés, soñé que etc.etc., esbozo una sonrisa amable pero no podría jamás confesar eso que realmente pasa por mi cabeza cuando me cuentan sueños. La cosa es que me quedé pensando, no digo soñando, en Pink Floyd y ese disco doble, The Wall.
Me acuerdo que viajé a Brasil cuando se editó el famoso long play (se decía LP) y compré cuatro copias. En aquella época las ediciones brasileras de LP’s copiaban con precisión a las ediciones originales. Las cuatro copias que traje las vendí en el parque rivadavia con una buena diferencia a mi favor y no conservé ninguna. Sí vi la película y me aburrió bastante y cuando volví a verla, volví a aburrirme, pero eso no viene al caso.

Sí viene al caso la remera que usábamos unos cuantos en aquel año 1978 que llevaba escrito, bien grande, en el pecho, “muerte a Pink Floyd”. También me acuerdo que había un juego con el que podías no sólo medir cierta habilidad y puntería, sino también ganarte un disco de The Clash, o de Iggy Pop, o, eventualmente, el único disco de los Sex Pistols. El juego consistía en disparar tres dardos a unas fotos que podían ser de Yes, de Génesis o, justamente, de Pink Floyd. No se trataba de expresar, ni de exponer un cierto desprecio por esos artistas, sino de sentar posición frente a sus seguidores. Si pegabas tres dardos en las cabezas de los miembros de una misma agrupación musical, te llevabas el premio.

En fin, el lado oscuro de la luna, me gusta y también me gustaba en aquellos tiempos, pero representaba algo que verdaderamente no me representaba. The Wall, no está mal, pero esa grandilocuencia no deja de resultarme demasiado ajena.

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Bonus track, esta entrevista a los tempranísimos Pink Floyd, cuando Syd Barret era el mascarón de proa de esa nave, que fue echando por la borda a más de un tripulante. Perla del año 1967, subtitulada. Cortesía de un amigo de Marta Sacco

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