La pared (fragmento)

27 marzo, 2012

 

Por Alicia Silva Rey

Había que descifrar sin perder el equilibrio,

entre el ojo y el oído.

No estoy segura de haber podido hacerlo.

Jacques Derrida, Feu la cendre.

Abre, cierra los ojos, inspira hondamente. Desde la cocina donde está, se escucha el sonido de las uñas del perro contra algo que suena a quebracho y que aún a la distancia huele a otra cosa, pero es madera dura y el cuerpo del pájaro ha comenzado, aún a esa distancia, a emitir su fresco hedor en la mañana sobre el pasto. El benteveo ha sido cazado a la perfección por el joven galgo. En la escena de la cacería, vista desde la ventanita del fondo, el animal más grande escucha, todo el cuerpo dirigido hacia un sonido imperceptible en la hierba, la mano izquierda doblada hacia atrás, una detención invisible de músculos aceitados en la masa del cerebro del perro para eso único e irreversible, el salto mortal en tierra con el fin de que el animal menor entre en el marco y pueda ser apresado.

Decirlo de otro modo: crujir de pulpa humana sobre la tierra o mundo llamado orbe. Salpicaduras que la cámara de mis ojos quiere ver en blanco y negro. Si han de quebrantarnos, que sea fuera de campo; los ayes, sí, bueno, han de escucharse hasta la última piedra de la creación.

Una marca, un rasgo cualquiera en el silencio de la mañana abre el camino de lajas a otro mundo, otros mundos ajenos a la casa. Las historias que el sendero va descubriendo a medida que se lo recorre, son limitadas y superfluas (apoya su cabeza sobre las piedras y las olas entran en la dócil bahía trazada entre su cuerpo de catorce años y la roca. Es un paisaje de frío y de aspereza, el cuerpo de las ciudades naufraga en esta clase de orillas, no se ha nacido en otro mundo que en ése, no se ha visto otro cielo. Su lengua ha asimilado solamente unos ritmos cuyas pausas corresponden a esa masa de silencio en la que acaba de apoyar la cabeza. Se da vuelta, se tiende boca abajo sobre la roca. Abre la boca y deja su lengua lamer el liquen y la sal. Va a consentirse arder y enronquecer bucolaríngeamente. Otro deseo no será sino éste en sus catorce años, el recuerdo de la subida del agua como una mano y el calor en la lengua, ese gusto por el frotar y retorcer unos sonidos que siempre la concentran, junto al padre, en un cuarto sellado hasta donde es posible sellar una habitación entre líneas).

El rechinar de la rama del lapacho contra el tejado blanco avisaba que era diciembre, estío, viento del este. Se buscaba con delectación en la parte alta de la araucaria su morado revestirse de harapos: la corteza se desprendía en colgajos, dura y seca. En altura, golpeteos de la materia desprendiéndose de su tronco, sonidos. Hormigas negras recorriendo afiebradamente las naranjas cortadas al medio y puestas junto a los almácigos tiernos, trampas de materia jugosa para perdición de mandíbulas insonoras. El del este es un viento que trae la lluvia sobre los senderos resecos del verano. El olor que levanta a veces es el de una marisma que bordeara la casa sitiándola.

Aquí afuera tañen los perros lejanos el círculo de atmósfera que el viento agita, dispersándola. El galgo bebe con fuerza de su cazuela de barro, lame con desesperación triste su plato de metal donde unos granos de arroz han sido abandonados desde temprano por los pájaros. No es hambre lo que al animal detiene en los bordes de los recipientes que le han sido destinados. Si un perro olfatea en ciertas fuentes aquello de lo que ahora carece por haberlo saciado, qué decir de ella, que a conciencia fue desmantelando sus salas y vaciando sus odres sólo por olvidar mortalmente las veces que el deseo de otros la fue designando Sara, Marta, Lilith, Susana, Magdalena; y que la música de esos nombres le hubiera sido soplada en la boca y que, arrebatada cada vez por su malentendido, respondiera a él –radiante en el error- como siendo, cada vez, la otra nombrada.

fotografía: dmp

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