por Mariano Pedrosa

Este 5 de septiembre se cumple el primer centenario del nacimiento de John Cage pero antes, el 12 de agosto, 20 años de su muerte. Evidentemente, es un año apropiado para recordarlo. Ojalá que estas letras sirvan de humilde homenaje al gran artista. Agrego un raro y bello video de enero de 1960, en el que Cage, uno de los representantes más radicales de las vanguardias, lejos de todo elitismo o pose de artista maldito, se presenta en un programa omnibus -tipo Pipo Mancera o Juan Alberto Badía- llamado I’ve Got a Secret para interpretar la pieza “Water Walk”.

“Compongo música con agua de una jarra, una pipa de hierro, un llamador de gallinas, una botella de vino, un mezclador eléctrico, un silbato, una regadera, cubitos de hielo, dos platillos, un pez mecánico, un llamador de codornices, un pato de goma, una grabadora, un florero, un sifón, cinco radios, una bañera y un gran piano”, enumera a modo de definición, silenciando que esa performance era parte de un proceso que estaba cambiando la concepción musical en Occidente. La desacralización de la música, sus ámbitos y sus instrumentos, el quiebre de las fronteras con el ruido, la improvisación y el carácter irrepetible del evento son algunos de los elementos que se invisibilizan ante el apacible buen humor de Cage.

De los sonidos y el silencio más que de la música se ocupa Cage, liberarse de la cárcel que suponía la división entre sonidos buenos y melodiosos versus malos y ruidosos. Pero no se trata de la abolición de toda regla, en el video se aprecia que antes de comenzar hay una serie de pasos previamente imaginados a seguir, por ejemplo, antes de tomar el trago, tiene que prepararlo. La libertad que sugiere este evento se liga, por un lado, al quiebre de reglas de la tradición precedente y, por otro, a la música como un arte performático, más cerca de un ritual pagano que rinde tributo a la caja boba que de un espectáculo musical. Cambia la partitura por el guion, como mapa de su improvisación. A diferencia de la música culta que se plantea como la continuación del paradigma tradicional occidental, estas manifestaciones se le oponen radicalmente, recuerdan el grito de Mafalda: “¡¡Paren el Mundo!! ¡¡Me quiero bajar!!”

Más allá de las explicaciones eruditas, lo cierto es que su actuación produce estallidos de risa en el auditorio presente en el video, pero no porque él no se tome la cosa en serio. Esas risas son un sonido más que se suma a su partcipación, si eso ya estaba previsto o no por el nigromante Cage no lo sabemos, lo cierto es que en muchas de sus composiciones la presencia subjetiva del autor queda relegada e incluso se borra. Hacer intervenir al público en la obra es un típico movimiento vanguardista, aunque en este caso ni se entera de su aporte al raro laboratorio televisado.

Los azarosos caminos de John Cage incluyen el humor como componente fundamental. No podemos olvidar que es el inventor del piano preparado que, de última, no es más que tuercas y tornillos anudados a las cuerdas del instrumento más clásico de la burguesía. Ese humor está relacionado con las travesuras de los chicos, como en la Suite para Piano de Juguete.

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