Por Joge Leiva

«¿Has oído algo más ridículo que decir a la gente, tal y como enseñan en las escuelas de cine, que no miren a la cámara?»
(La frase ha de ser seguramente de Chris Marker)

Chris Marker es uno de los cineastas más importantes y fascinantes del mundo. Y su activismo completamente por fuera del star system del cine lo hace todavía más grande y a su obra más fascinante aun. Pero no es cuestión de quedarse en una celebración de su genialidad ni en el masajeo a un ego que ni el más sentido de los tributos podría hinchar levemente, pues son sus obras las que hacen vibrar con la impronta revolucionaria de una vitalidad cinematográfica inclaudicable, como piezas de cine puras, repletas de células vivas en transmisión.
Es la aparición de una reciente producción asociada a su nombre que circula por canales audiovisuales alternativos y militantes en internet. Del mismo modo en el que varias de sus últimas experiencias videográficas han saltado a la red, y que este hombre de espíritu adolescente libertario, que hoy tiene más de 90 años, ha jugado a escamotear sus propias pistas, por fuera de su filmografía “oficial”. Por eso, la aparición de estas Semillas de Diciembre, referenciadas en Marker por modales narrativos que son un sello más allá del estilo, provoca una apasionante duda. Un nudo, un conflicto en la trama. Como cuando se introduce un dato fake en el contexto real y en viceversa. ¿Es este documental de Chris Marker o de Panagiotis Karagiorga, realizador griego? Porque la referencia Marker excede el simple homenaje para transformarse en una caja de Pandora dentro del mismo relato. Un gimmick, un anzuelo publicitario robado de las oficinas del sistema promocional mas corporativo del cinema business para atraer espectadores, y que hasta sitios súper informados como filmaffinity mordieron.
December Seeds se llama esta pieza de 30 minutos fechada en 2011, y cuenta de la tragedia y posterior revolución griega, sí, pero como Marker sabe contar las historias públicas. Desde escalas personales, pequeñas, invisibles. La historia de un tal Alex Grigoropoulos, semilla rebelde de la ardiente Grecia de los últimos años, asesinado por la policía, es el dato real de base, la piedra angular sobre la que se lanza este manifiesto político y experimental, que va por el aire, como una molotov siempre en trayectoria ascendente. Y transforma ese dato real en una fantasmagoría, un relato entre las múltiples capas de imágenes recogidas por cámaras con pixeles de distinto tamaño. Activismo digital. Arketá!
Una palabra… Arketá!, gritada desaforadamente al oído, la arenga de batalla que disparan los anarco-punks griegos Lost Bodies desde los créditos finales – “Vamos a sacarlos de sus mitines. Arrastrarlos para mostrarles como arden sus autos lujosos en las barricadas. Y a decirles: Han hecho bastante dinero, cabrones! Nos han jodido! bastante!…Arketá!” Y dan ganas de sumarse a ese gran incendio de coches lujosos, y de agitar un pogo hasta que se transforme en un terremoto que derrumbe los edificios corporativos de Atenas.
La llama sigue encendida. ¡Larga vida a Marker y al activismo audiovisual contemporáneo!

Si quieren ver una de sus obras pueden intentar con Sans soleil o December seeds

 

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Por dmp

El quinto volumen de la serie  “El cantor de la montaña” eleva el cancionero del portorriqueño Florencio Morales Ramos -Ramito- a su más alta cumbre, si se permite la obvia metáfora. El disco arranca con un aguinaldo cuyo título (Desde mi tumba) preludia el tono visceral y melodramático que el resto de las piezas desplegarán de principio a fin: “Dejaré un recuerdo en esta canción / en dedicación a lo que yo pierdo / Si el silencio muerdo marchando a otra parte / sin un estandarte Ramos quedará / y al morir vendrá mi espiritu a hablarte. (…) Dirás que has soñado y vas a engañarte / voy a comprobarte que no muere el alma / ya vendrá en la calma mi espíritu a hablarte.”
 Y no está mintiendo. Su voz de jíbaro sentimental resucitará en los parlantes de quien haga sonar su música en busca de un consejo rimado para un corazón roto o a poco de romperse. Sus primeras décimas las aprendió a los seis años con su hermana Isabel. A los ocho años ya entrenaba su estilo entonando cuartetas bíblicas y rosarios en las “promesas” que se celebraban en su barrio. Cuando lo fueron a buscar Roque Muñiz y el licenciado Reguero para cantar por primera vez en la Plaza de Caguas, su padre se mostró receloso: “Mi hijo no va, porque cantando gana el cura. No puede ir.” El muchacho recibió un chequesito por aquella actividad y su papá cambió para siempre de parecer. Años más tarde, siendo un joven “pinche” que se ganaba sus pesos, Ramito improvisaría sus décimas picantes y cadenas ante los trabajadores en un alto de sus labores. Fue cortador de caña, carcelero y bombero. Tras recorrer por años, junto a otros trovadores y cuatristas, las emisoras radiales de su patria y del extranjero, consiguió un contrato con la casa disquera Ansonia Records que editó toda su discografía. Esta vida es una escuela para el que quiere aprender, sentencia en el bolero El dinero no es la vida, segunda pista de este disco que reune algunos de los variados estilos de la música de Puerto Rico monte adentro; plenas, boleros, mariandas, guarachas jíbaras, seis chorroaos, aguinaldos y controversias. Una biblia de pasiones campesinas que se dejan bailar.

 

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