Moonchild en Argentina

18 junio, 2013

Por Mariano Pedrosa

Mike Patton se agazapa, se balancea, se reconcentra como si fuese una bestia dispuesta a saltar sobre su víctima. Es un remolino que va captando la energía de su entorno. Y cuando se desata el grito, es como el rayo: fulminante. Aun cuando se lo ha visto crecer, aun cuando se lo ha escuchado en videos, aun cuando se lo espera; el grito sorprende como un vértigo que estalla en los oídos.

La voz de Mike Patton se transforma en grito y después en alarido. En el extremo logra tal magnitud que parece una tormenta. Y en algún momento, tras esa determinación atronadora, vuelve a mutar. Esta última vez se multiplica en voces que, como hidras de mil cabezas, susurran, aúllan, chillan desbocadas. En este territorio mítico, imagino que sólo Diamanda Galas es capaz de reclamar parte de su corona.

Eso que sucede en el escenario parece estar más allá de lo humano. Nadie -de la multitud enfervorecida que colma los diferentes niveles del teatro- se extrañaría si el propio Patton explotara. Ahí mismo, sobre el escenario.

Sólo para no dejar a nadie afuera, hay que mencionar que el desempeño del bajista Trevor Dunn está a la atura de este show demencial. Acordes como lava hirviente demarcan un camino de fuego por el que Patton camina descalzo, y a los gritos, claro. Joey Baron con su batería suma una inesperada descarga de energía. Con la potencia y ritmo de un minero demente lanza puñados de dinamita que revientan en pedazos todos los show que uno ha visto antes. El cuarto integrante en escena, es John Medeski, construye catedrales con sonidos. Los inusuales fragores del órgano parecen delicados vitraux que ayudan a la creación del clima, mitad santo mitad diabólico, de los templarios.

John Zorn para este Templars, in Sacred Blood, ha creado diferentes ambientes, a veces el susurro en latín otras veces en inglés logran una suerte de plegaria atemporal. Tras esos momentos se esconde la verdadera naturaleza del fanatismo religioso y como si te lanzaran una aplanadora de varias toneladas por la cabeza se desata el rock más salvaje del que tenga recuerdo esta tierra. Otro grupo de John Zorn, Masada, incursiona en la fusión entre jazz, klezmer y música experimental para erigir un mundo completamente diferente a este. Sin embargo, ambos nos sirven para pensar en diferentes caras de la experiencia humana de lo numinoso. El “mysterium tremendum” del que hablaba Rudolph Otto, proyectando la verdadera naturaleza de dios en el hombre.

En una esquina del escenario, sentado, abstraído en la contemplación de su creación, John Zorn se mueve tímidamente. Recién al final del show muestra su verdadero rol en todo esto. El titiritero magistral se para en el centro del grupo y dirige dos improvisaciones que dan vida a un Golem bestial pero saludable. La magia del secreto rabino de Manhattan se muestra intacta. Nosotros, ciegos seguidores de la experiencia, devotos del misterio, aplaudimos.

Moonchild en Argentina from aloido on Vimeo.

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