Indice

 

1. Dossier Solo pianos / Un paseo arbitrario por el mundo del piano. Por Mariano Pedrosa

2. Nirgun / Por Nicolás Grandi, desde Mangalore, India.

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1. Dossier Solo pianos / Un paseo arbitrario por el mundo del piano

Por Mariano Pedrosa

Prepared Piano The first four decades (1983) / Henry Cowell The piano music of Henry Cowell (1963) Doris Hays / The piano music of Henry Cowell (1977)

  Hubo una época en que el piano era apenas un instrumento. En esos tiem­pos la música incluíaa sólo los sonidos más armónicos. De hecho, los hombres habían dividido el universo en dos bandos: sonido versus ruido (amigo o enemigo). Gran parte del elenco sonante del mundo era ignorado o catalogado en la infame y multitu­dinaria categoría de ruido y, en conse­cuencia, despreciado y jamás incluido en composición alguna. El silencio no se percibía o sólo servía a los filósofos. Occi­dente por suerte cambió, y los sonidos empezaron a ser aceptados por lo que valían en sí mismos. El piano se adaptó a las nuevas realidades; Henry Cowell, John Cage y todos los artistas de vanguardia son los héroes de esta revolución, de la que el piano fue enseña. Hace 90 años emergían sonidos como expresión escandalosa de una generación que pretendía re-car­tografiar el mundo y sus fronteras. El piano preparado, una suerte de ready-made duch­ampiano, se forma al intervenir un piano con objetos extraños (maderas, gomas, tornillos, por ejemplo) en sus cuerdas. La irrupción inesperada de sonidos hace de cada performance un evento irrepe­tible. Ping, pang, pong, cucharas, cucharitas, cucharones resuenan en las salas de concierto y crean armonías imposibles. El efecto desatornilla el filtro que tenemos ajustado en la oreja. Sonoridades rítmicas juegan con la melancolía, el humor, el drama y el silencio. El piano se convirtió en “una orquesta de percusión – así lo definió el mismo Cage, su inventor – bajo el mando de un solo par de ma­nos.”

A los que desconocen el sonido del instrumento y temen encontrarse con efectos estridentes, sin matices, como un golpeteo más desatento que irrever­ente, este disco los ayudará a derribar esos miedos, y comprender que “un ruido no tiene que ser, por fuerza, ruidoso”. Por esto, la revolución que busca el piano preparado es la transformación de la sensibilidad más que la del instru­mento. Romper la barrera entre arte y vida, y percibir el mundo que nos rodea con mayor plenitud. La circulación de la sangre y el sistema nervioso producen en su actividad siempre renovada, sonidos que no nos abandonan; por eso el silencio, en palabras de John Cage, “es solamente el abandono de la intención de oír”. Es decir, un efecto de escucha. Este disco, ejecutado por John Heitman, Delores Stevens y Richard Bunger, presenta seis composiciones emblemáticas de la primera mitad del siglo que tienen esta traza y seriamente comprometen el modo clásico de comprender el costado sonoro del mundo.

“The voice of lir” por Sorrel Hayshttps://www.opendrive.com/files?MV81MTU3X0V1NUdC

Henry Cowell, uno de los secretos mejor guardados de la música del siglo XX, es un artista fundamental para medir los alcances y versatilidad de nuestra sensi­bilidad. La portada del disco lo muestra acariciando, tañendo o rasgueando las cuerdas del piano; esta imagen sintetiza el cambio en la relación con el instru­mento más clásico de occidente. Cowell supo escuchar su sonido más íntimo, fue el primero en pulsar las cuerdas en las mismas entrañas del piano. Esta técnica le permite ampliar el rango melódico hasta entonces reducido a las posibilidades del teclado. Los dos discos de Cowell que integran el dossier son la ocasión perfecta para ex­plorar horizontes poco convencionales y expandir nuestra capacidad de disfrute. Sus pesquisas musicales lo llevaron a combinar la tradición occidental con la oriental y, para dar cuenta de los nuevos sonidos que necesitaba expresar, golpeó el teclado con el antebrazo, el puño y la palma (“Antimony”). Arrancó truenos y rayos al instrumento, una nueva constelación armónica escandalizó a los hombres de principios del siglo XX. Estos “racimos de notas” o tonos cluster perfilan patrones rítmicos sobre los que construye escenarios sonoros desconcertantes para el oído tradicional. En la confluencia de esas sonoridades poco ortodoxas y, por ejemplo, el folklore irlandés que fue una fuerte influencia en Cowell, surgen “The Tides of Manaunaun” y “The Voice of Lir”, basados en leyendas celtas sobre la creación del universo. También reelabora melodías orientales como en “Snows of Fujiyama” y provee una atmósfera fantástica y misteriosa (“The Banshee”).

The Banshee:

La moral policíaca de sus contemporáneos, que no pudo condenarlo por sus creaciones artísticas, lo atrapó por conducir su vida bajo los mismos principios de libertad y respeto al propio deseo. Por su no ocultada bisexualidad, en 1936, pagó cuatro años en la cárcel de San Quintín acusado de delitos contra la moral pública. Si bien se las arregló para dirigir la orquesta de la prisión y enseñar música a los otros detenidos, lo cierto es que esa experiencia fue demoledora y al salir sus composiciones abandonaron el carácter radical y rupturista que venía desarrollando. Este misterioso estadounidense inspiró de modo determinante a muchos de sus estudiantes, como George Gershwin, Lou Harrison y John Cage, quien cruzó los EE.UU. a dedo para estudiar con él y en cuyas clases encontró el principio de piano modificado que más tarde de­sarrollaría. A través de ellos, la influencia de su trabajo puede rastrearse en la música pop, minimalista y electrónica actual. La intérprete es Dorys Hays – ahora rebautizada Sorrel Hays en honor a una bisabuela – de ella se ha dicho que “puede tocar tonos clusters como un animal salvaje, interpretar pasajes intrincados con un control preciso, y sonar como una especialista en Chopin en otras partes.” En estos discos el piano es un campo de batalla, donde percibimos no sólo el tumulto de la incursión armada, sino también las emociones, a veces trascendentes a veces efímeras, que ésta trae aparejada. No se trata de un ejercicio intelectual o arqueológico sino de una experiencia lúcida e intensa.

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John Cage / In a landscape (1994)

John Cage habitó un planeta en el que hasta el silencio sonaba. Percibió que a su alrededor había muchas más cosas de las que se decía, por eso su trabajo busca descubrir los sonidos que rodean cotidianamente al habitante de las ciudades para revelarle un paisaje sonoro (des)conocido. Poseedor de un humor sutil e infinito, supo proclamar que la nueva era sonora implicaba el fin del imperio del sentido. Se vinculó a las tendencias más radicales del arte contemporáneo e hizo de la libertad el concepto basal para detonar el sistema tonal occidental, que divide sonidos que en la naturaleza conviven. Al morir en 1992 había cambiado el modo en que Occidente registraba el mundo. Por todo esto, a John Cage hay que escucharlo con todo el cuerpo, porque los oídos no alcanzan.
El piano preparado es la herramienta-instrumento que le permitió incluir, además de nuevas sonoridades, al azar como elemento central de sus composiciones, la irrupción inesperada de sonidos hacían de cada performance un evento irrepetible. Además de componer, escribió, y mucho: “Los sonidos existen, y yo estoy interesado en que están ahí, y no en la voluntad del compositor. En un proceso musical no existe un ‘entendimiento correcto’ y, por lo tanto, no puede haber ningún malentendido con respecto a la comprensión de este proceso. Un objeto musical (es decir, una obra musical) por sí mismo es un mal entendido, y los sonidos no controlados por el compositor no se preocupan si construyen sentido o si van en la dirección correcta. Ellos no necesitan esa dirección o no-dirección para ‘ser’ ellos mismos. Ellos simplemente ‘son’, y eso es suficientemente bueno para ellos y para mí también.” De la interpretación de Stephen Drury, un experto en la obra del artista de Los Ángeles, emerge un Cage pleno y accesible. En este CD hay temas de profunda melancolía como “In a Landscape”, “Prelude of Meditation”, “Dream”, y otros que vuelcan sus sonidos como lava ardiente. Por ejemplo, “Bacchanale” (1938) -pista 6-, que es el primer tema que compuso para piano preparado. El disco dura casi una hora, escucharlo durante un viaje en colectivo o tren, en medio de otros sonidos o ruidos, no sería una ingratitud sino una justa aclamación.
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Harold Budd – Rubén García -Daniel Lentz / Music for 3 pianos (1993)

Tres artistas que a despecho del número reducen la música a su mínima expresión. Budd, García y Lentz intiman con cada sonido en un juego nocturno y preciosista que invita a la contemplación. Music for Three Pianos traza sus dominios en el límite del silencio, allí se despliegan los sonidos desde su génesis hasta casi disiparse. Bajo la influencia de John Cage y Morton Feldman, el diálogo minimalista de estos eruditos del piano ofrece una vivencia maximalista de la música. Un planteo basado en la sustracción, sortear todo acorde del que se pueda prescindir, restar hasta llegar a las fuerzas mínimas, esenciales. “Pulse Pause Repeat”, presenta en el arranque una repetición hipnótica de acordes apenas diferentes entre sí que aumentan su intensidad para luego decrecer.Casi el silencio, una y otra vez. “Messenger”, con pocas y secas notas del lado agudo del teclado, deja ese (casi) silencio literalmente vibrando. No representa un peligro, lejos de ello, el silencio es la mejor sociedad que podían encontrar. No es un límite sino la contracara obligada. Ingreso a propulsión a un mundo en formación, asistimos asombrados al surgimiento y el despliegue de paisajes sonoros, a veces turbulentos, a veces serenos, nunca estridentes. Ante cada una de las notas de esta travesía, uno se mantiene a la expectativa, como sobre un vacío del que emerge un camino recién al dar el paso. Por esa senda se ingresa a territorios que exploran estadíos primordiales (imágenes, sensaciones y pensamientos) de nuestra interioridad. Tan perfecta se nos presenta la colaboración entre Budd, García y Lentz que es imposible decir cuándo actúa uno y cuándo los tres, cuándo es un monólogo y cuándo un diálogo. Estos tres pianos edifican un misterio donde, como en aquel trascendental cristiano, es imposible discernir entre la unidad y la pluralidad. Los nombres de los temas, que combinan español e inglés, afirman una veta fantástica y sencilla. Lejos de toda pretensión, arriesgan una apuesta a un mundo azotado por acordes fantasmas que vienen y van, con santuarios para brujas y habitado por personajes maravillosos como las muchachas con sueños dorados. Para internarse en estas geografías musicales, sólo es necesario la soledad.

Pulse, Pause, Repeat, ghost chords coming from somewhere and going nowhere

Muchacha de los sueños dorados, a tango for people who dislike dancing

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Chilly Gonzales / Solo Piano (2004)

“Hola, soy Chilly Gonzales. Si no me conocen, soy un productor nominado al Grammy. Tengo el récord mundial Guinness por el concierto de piano más largo, de 27 horas (tres minutos y 44 segundos, para ser exactos) seguidas. Tengo un montón de amigos famosos, y en Francia, donde vivo, me llaman un génie musicale.” La autofanfarria es un arte y no ahorra información. “Gonzo” es famoso en las geografías del rap, el hip-hop, el pop y más temprano, antes de irse de su Canadá natal, el jazz. Es difícil adivinar que se trata del mismo compositor e intérprete de piano clásico, con huellas de Erik Satie.
“Celoso, inseguro, inadecuado, con una leve necesidad sociopática de ser validado. Todo eso tengo”, se define. La biografía cuenta que comenzó a tocar el piano a los tres años; la leyenda, que se relacionó con la música mediante los cómics y que al darse cuenta que no había ningún súper villano musical decidió convertirse en uno.
En esta línea en 2000 presentó, en el sello alemán Kitty yo, Gonzales Uber Alles (Gonzales contra todos) donde la electrónica se entretiene con el hip hop, el trip-hop y el funk.
Jugador de toda la cancha, Gonzo se desmarcó y encaró nuevos desafíos: en 2004 presentó Solo Piano. Un disco que muestra la intimidad que logró con el instrumento que conoce desde la niñez. El show ego-mediático no opaca sus destellos de excelencia y, lejos de la provocación, compuso un disco instrumental en el que la música se corona como soberana. Esta faceta muestra un teclado minimalista de tonos suaves y medidos, que juguetea con la melancolía mediante inflexiones alegres y sutiles. Los temas son muy breves – menos de 2,5 minutos promedio – y en ese corto lapso desarrolla una pequeña historia melódica. “Gogol”, “Manifesto”, “Dot” son pequeñas creaciones con un componente adictivo, el resultado es la necesidad de aislarse y volver una y otra vez a ese conjunto de armonías, para comprobar que siguen allí, que son reales y que uno puede habitarlas. “Depende de ellos –el público- decidir después del concierto si realmente soy un genio de la música. Yo sinceramente lo creo.” El público suele darle la razón, y hay que reconocerlo, Chilly hace todo y todo lo hace bien.

Gogol Dot

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Galeshka Moravioff / Piano solo Vol. 1 (1980) y Vol. 2 (1985)

El suizo Moravioff nos propone un torbellino musical sinfín, que nace del encuentro con un único instrumento. Una tormenta con granizo de dedos que sólo se pausa sobre la claudicación final, ante el silencio. Estas Musiques plastiques, tal los nombres de los temas, se bastan a sí mismas: un sonido que, por momentos, avanza a tal velocidad que nos deja sin resuello ni tiempo para pensar en la siguiente nota. Pura energía que fluye. Es como si estuvieran sonando desde antes, y como si fueran a permanecer, más allá de que las abandonásemos. Y es posible que así sea, tanta energía no puede depender del público, siempre tan volátil y transitorio. Los juegos armónicos obligan a centrar toda la atención en el despliegue de las improvisaciones, para las que Moravioff eligió un piano Steinway. Una intensidad cromática arrolladora, que se reparte y completa en dos entregas, distanciadas entre sí por un lustro, pero que comparten un envase casi farmacéutico, apenas dos tonos de un mismo color y las mínimas palabras. Austera carta de presentación de este multifacético artista suizo, doctor en etnografía por la Universidad de Paris y fundador de la sociedad Films sin Fronteras, Moravioff no se ha privado de musicalizar algunas joyas del cine mudo como Metropolis de Fritz Lang, Nosferatu y Fausto de Murnau, El General de Buster Keaton. La preocupación por la imagen (es también director de cine) sumada a sus estudios antropológicos se expresan en la presentación de los discos: grafías de lenguas latinas, arábigas, eslavas, orientales y africanas adornan el arte de los discos y dan cuenta de una presencia etnográfica que nos enfrenta al misterio irresoluto de la existencia del otro, como un hecho tal vez opaco pero no amenazante.

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Emahoy Tsegué-Maryam Guèbrou / Ethiopía Song – Piano Solo (2006)

Dos momentos significativos de la vida de una mujer, unidos por los extremos horizontales de una cruz que tiene inscripta la leyenda “piano solo”. A la derecha, la joven y bellísima religiosa encapsulada en un severo hábito de monja proyecta una mirada fresca y directa que sin pedir nada gana el protagonismo de la tapa. Sobre el lado izquierdo, en un tranquilo tono azul, tal vez más sabia,y seguro más humilde, la anciana religiosa se inclina sobre un piano, al que brinda toda su atención.
Emahoy Tsegué-Maryam Guèbrou (12/12/1923) es una flor que germinó en el suelo fértil de la multiculturalidad. Migración, cárcel, exilio, tiranía y toda clase de persecuciones forman el abono de ese sustrato. La vida de esta etíope de clase alta está signada por la lucha contra los avatares históricos que, como violentos huracanes, intentaron apartarla de su destino. Yewubdar Guèbrou fue educada en Europa. Más tarde, junto a su familia, cayó presa del fascismo italiano cuando éste arribo a las costas africanas. Pasado el trance, continuó su educación musical en Cairo y de vuelta en Etiopía, bajo la guía del violinista polaco Alexander Kontorowicz. Cuando su camino parecía haberse reencauzado, el emperador Haile Selassie I (el mismísimo Cristo negro de los rastafaris) celoso de su hijo que la cobijaba como mecenas le prohibió continuar sus estudios en Inglaterra. La decisión palaciega la fulminó como un rayo y, sintiendo que para ella sin música no había vida, cayó en una depresión tan profunda que hasta le dieron los últimos sacramentos. En una de las primeras entrevistas radiales cuenta: “Tenía una mala impresión del ser grosero, egoísta y malvado de las personas. Así que me exilié en el arte y la naturaleza. Me había enamorado de la gloria de la naturaleza.” Desolada, escapó a un monasterio donde se consagró a Dios. Así, Yewubdar Guèbrou se convirtió en la hermana Emahoy Tsegué-Maryam. Desde 1984 vive en Jerusalén.
La artista que asoma, triunfante, al final de ese camino posee el don y la pasión por la música intactos. Este disco contiene composiciones de diferentes etapas de Tsegué-Maryam, su estilo se nutre de música europea clásica (Beethoven, Chopin), música de la iglesia ortodoxa, jazz, el primer pop etíope (Tilahun Gessese, Bekele Hirut, Ahmad Mahmud y Bizunesh Bekele) y también pueden escucharse rastros de la escala pentatónica tradicional.
En la primera pista (“The Homeless Wanderer”), por ejemplo se sirve de dos escalas etíopes: Tizita y Bati. Esta conjunción de influencias es simiente de composiciones que, con un fraseo auténticamente personal y un pulsar templado y exacto, transitan la melancolía, la felicidad, la oración.
En 1963, a los 40 años, en Alemania y con fines benéficos grabó sus dos primeros long play. Los nueve temas con que inicia el disco provienen de estos trabajos. En 1970, encara un nuevo proyecto de corte más clásico, las pistas 1111 a 1313 son tomadas de él. En 1996, ya en el convento de Jerusalén, realiza una compilación de sus trabajos a la que agrega cuatro nuevas composiciones, que ocupan los últimos tracks de este volumen, eslabón 21 del monumental proyecto discográfico Éthiopiques.
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2. Nirgun

Por Nicolás Grandi, desde Mangalore, India.

Él era un tejedor que según cuentan vivió por el 1400 en lo que se conocía como Bharat, la tierra del río Indus. No estaba solo, esposa e hijos vivían en esa casa pequeñita. Tejía y cantaba, cantaba y tejía. Él todavía está vivo a través de sus bhajans
y los que los cantan (esa cualidad que tiene la música de perpetuar el espíritu). Eso es lo que él, Khabir, hacía. Le cantaba al espíritu o bien dejaba que el espíritu cantase a través suyo. Sus bhajans eran y son a Él o Aquello: un dios sin forma, sin tierra, sin religión,
sin nombre. En eso me gustaría detenerme un poco más. Kabir canta a lo sin forma o nirgun.
Él nos dice que somos un cántaro de tierra vacío y frágil, dispuesto a quebrarse
y pulverizarse en el momento que no esperamos. Que no hay lugar dónde adorar o camino que seguir sino meterse dentro del cuerpo de uno. Allí reside Él o Aquello.Al cantar un nirgun, uno se entrega por completo al sonido y la frontera que divide
al que canta del sonido se disuelve. Kumar Ghandarva, uno de los más grandes cantantes de nirgun de Khabir lo entendía bien. Contó cómo metiéndose
dentro de su cuerpo pudo volverse conciente de su voz tocando determinadas
notas. De qué manera el ángulo de las vibraciones se volvía más delgado y entraba en un canal de pureza que daba una nota precisa sin descarrilamientos. La experiencia del nirgun le permitía olvidarse de sí mismo y entrar en sutiles conductos de resonancia y vibración. Gracias a este olvido, dicen, uno puede tocar a Él, o a Aquello… que no tiene forma.

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Escuchá este disco de Kumar en conciert acá

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