Sala de ensayos / Indice

1 – Murmullos. Por el Zambullista

2 – Sentado frente al mar mil besos yo le di. Por Marcelo Zanelli

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1- Murmullos

Por El Zambullista

1.

Voy a intentar llegar rápido al punto. Hay charlas que se tienen en ambientes silenciosos y otras que no. Entre las que no, el ruido de fondo puede ser de trán­sito, vías, máquinas, etc., o puede estar hecho de voces (por ejemplo, de otras charlas circundantes), o de un tipo de ruido más que del otro o igual, si hay de ambos. Voy a divagar sobre ese ruido de fondo humano que es el murmullo.

Cada cultura define en qué ámbitos y situaciones acepta que haya murmullo y en cuáles no. También hay límites físi­cos: en un ascensor puede llegar a haber una superposición de charlas paralelas, pero difícilmente charlas que se con­fundan en un murmullo. En ámbitos de viajes es ocasional, como el murmullo de escolares en un subte o un colectivo.

2.

Aunque sea en segundo plano, tene­mos presente el murmullo que genera la suma de nuestras conversaciones independientes, como las que suenan en las mesas de un bar. La prueba es que así es como conocemos el volumen en el que podemos participar; además de hacernos oír, debemos evitar lo que para ese ambiente sonoro es gritar o vocife­rar.El provecho es recíproco, como el de una simbiosis: el murmullo protege la privacidad de las charlas que la cercanía de las mesas en un bar no protege. Las charlas gradúan su volumen: desde el secreteo o el cuchicheo de un bar vacío y silencioso hasta la voz alta que se necesita para hacerse oír en un boliche o en un restaurante con mucho rebote. En todos los casos, es el volumen suficiente para taparlas y hacerlas ininteligibles a una mesa de distancia, por caso. Es de­cir: las mismas charlas generan el ruido suficiente para que a esa distancia los charleros de mesas diferentes puedan no prestarse atención o, si se prestan, pueda no entenderse de qué hablan los otros.

3.

Fuera de ese nivel que aprenden escu­chando, el del volumen del murmullo, las charlas aportan su ruido al conjunto de manera independiente, no coordi­nada. Pero a veces no lo parece, porque tiene lugar un momento en el que la información que se infiere de esa escu­cha es que el volumen está bajando (por ejemplo, cuando en una de esas olas decrecientes corre el rumor sin voz de que está haciendo su ingreso a la peque­ña sala el músico que va a tocar, al que estuvimos esperando envueltos en un murmullo pujante de charlas –superado el rumor, cae la alarma y el murmullo vuelve a crecer desde el silencio convo­cado en vano). Cuanto más rápido suce­da, más burlados podrán verse nuestros reflejos de adaptación, gaffe conspicua del Chavo del 8.

A la velocidad que sea, ahí las charlas descoordinadas se encadenan, se escu­chan y responden acomodando el volu­men de la voz a la baja, sobreactuando que no sobresalen del rumor promedio (nueva prueba de que lo escuchamos). Es como si (nuestra inmersión en) el murmullo siguiera un ciclo: primero hay un fade-out, luego un silencio de inflexión (no muy largo pero sí notorio, excepcional) y finalmente el retorno sonoro con un fade-in, que parece la reversa del otro. (Esa suavidad para instalarse, primero, y para retirarse, después, no la tiene el silencio de voces robadas que aparece en el interior de una charla, rodeada o no de murmullo, y al que viene a poner fin la frase que lo explica: “Pasó un ángel”.)

A pesar de este comportamiento de en­tidad, la gradación simétrica de la curva con tangente silenciosa sucede, insisto, sin que intervenga ninguna voluntad, ningún director ni plan. No es una acción coordinada el que cada uno vaya acomodando su volumen en relación con el del murmullo, ya sea para arriba (para no quedar tapados) o para abajo (para no quedar evidenciados); es más bien una reacción en cadena (o en red), que dibuja la curva de ese objeto tran­sicional colectivo que es el ruido social, el murmullo que nos abandona, se hace extrañar y vuelve a envolvernos.

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2 – Sentado frente al mar mil besos yo le di

Refritamos un texto fuera de temporada, para leer en familia. Con este escrito sincero del columnista de la revista La Tía: cuadernos de pedagogía de Rosario damos por inaugurada la sección Mesa de Saldos.

Por Marcelo Zanelli

En vacaciones, cuando todo nos parece genial, reunirse con amigos que superan los cuarenta tiene sus riesgos. Si a eso le agregamos la presencia de unos hijos que apenas superan los veinte, quedar expuestos a los señalamientos de esos retoños impiadosos no es una excepción que pone a prueba la regla, sino la regla misma.

¿Qué regla?

¿Cómo qué regla? La honestidad ante todo, esa es la regla. Acaso no sabemos que es mejor no preguntarles a los hijos cuando esperamos que nos mientan, que no nos digan la verdad. Y aun así, sin pecado de ignorancia de por medio, existe otra regla que es complementaria (e inevitable) de la anterior que señala que la pregunta no siempre es necesaria y las opiniones, dictámenes o sentencias no están obligadas inexcusablemente por pregunta alguna: ellos dirán lo que tienen que decirnos y expondrán sin tapujos su posición frente a nuestros gustos, nuestros modos de divertirnos, nuestras bromas, por no mencionar nuestras formas de ver el mundo que siempre es limitadísimo y letrado.

Para nosotros los adultos ciertas aprecia­ciones acerca de un pasado maravilloso que, sospechamos, suelen ser resultado de una amnesia (personalmente) pro­gramada aunque no siempre intencio­nada, están a la hora del día. Idealizar el pasado es algo así como una corriente que se fortalece en cuanto se abren las compuertas de la memoria y en ese torbellino, confuso y engañoso, hastalos mejores nadadores-críticos, pueden verse arrastrados por el tsunami de la idealización.

Lo que valoramos, en todo caso, no es el hecho en sí, sino lo que por añadidura se le adjunta a los hechos y, como todo suceso imaginario empieza por abajo, es decir, en los hechos, habrá que recono­cer que “los hechos nunca se limitan a sucederle a uno, sino que los va incor­porando la imaginación, fruto de las experiencias previas. Los recuerdos del pasado no son recuerdos de los hechos, sino recuerdos de tu imaginación de los hechos” (1)

Que los recuerdos encubren otras cosas no es una primicia, ni una novedad y menos aun un hallazgo y, en ese sentido, habrá que reconocer que la carga emo­cional que se despliega cuando escucha­mos ciertas músicas de “¿nuestros días felices?” puede ser la prenda roja en el lavarropas de nuestra memoria: todo se tiñe, irremediablemente, de rosa viejo.

Lo que quiero decir con estos comenta­rios introductorios y más o menos obvios -descubro ahora- limita lisa y llanamente con el alegato que invoca la defensa del exabrupto: nos pasamos toda una noche mostrando y haciendo escuchar a dos jovencitos deslumbrantes, la música que a principios de los años setenta todos co­nocíamos. Canciones que ni siquiera nos gustaban pero que tenían como destino irrevocable “comernos la cabeza”, porque no era necesario ir a su encuentro, sino que éramos la presa fácil de un bombar­deo constante desde todos y cada uno de los soportes sonoros disponibles en aquellos tiempos. Y siguen sin gustarnos porque las sabemos comerciales, banales, Quique Villanueva, Pintura fresca, Los náufragos, Los iracundos, Tormenta, Raúl Padovani, Rubén Matos, Silvana Di Lorenzo, Sabú, Industria Nacional, Katunga, La joven guardia… Cada “nueva” canción convocaba de un modo irrefrenable al coro de voces estridentes que, sin ningún reparo, desafiando toda afinación, seguía con esmero las letras de todas y cada una de aquellas canciones.

Ya pueden imaginar las caras de esos hijos jóvenes que, desde un silencio que ahora se me antoja aterrador, sólo atinaban a disimular con poco éxito -eso hay que decirlo- la medida de su aburrimiento para por fin abandonarnos a nuestra propia suerte. Oir, escribió Barthes, es un fenómeno fisiológico, es­cuchar, una acción psicológica y cuando el ruido lo invade todo, la inteligencia del espacio ya no es posible y la escucha resulta perjudicada.

Salta, salta, salta pequeña langosta… Sentado frente al mar mil besos yo le di… Sábado en la ciudad, gente que viene y que va…. Copas vienen, copas van, alegremente… Tomando mate con amor hay fuego en mi corazón… Me levanto temprano y todos me dicen apú­rate amigo ya es hora de irte… Palabras, palabras, palabras, tan solo palabras…

¿Cómo explicar que no era esa la música que nos gustaba, sino la que nos taladra­ba el cerebro? ¿Cómo negar con pala­bras lo que nuestras acciones estaban confirmando?

Las palabras, como sostenía Jung, a veces sólo sirven para embrollar más las cosas. Podríamos haber explicado que teníamos otras músicas, íntimas, propias, que suponían el esfuerzo de la búsqueda, que no venían así como así a nuestro encuentro, que no figuraban en el catálogo de ninguna radio y menos aun de la televisión. Que la nómina es extensa y que, además, era contempo­ránea de esta otra, la que sonaba en las fiestas, en los cumpleaños, en los bailes de carnaval. Que no todo era Música en libertad, ni Alta tensión, ni Sótano beat. Que también estaban Los Gat mendra, Pescado rabioso, Pappo’s blues, Invisible, Aquelarre, Color humano, Polifemo, por nombrar solo artistas locales situados en las antípodas de aquella otra. Pero como el heavy metal de una propaganda, al que le gusta un tema de Ricki Martín y no se anima a confesarlo, tampoco nosotros estamos dispuestos a proclamar que esa música de una ingenuidad exasperante, pro­ducto de la industria cultural, también nos divertía.

Pero todo tiene un límite y nuestro momento de nostalgia recreativa terminó por hartar a los jóvenes, como corresponde. Sin embargo, hubo una pregunta que me quedó flotando en la memoria, que es la siguiente: ¿Todas las canciones decían shalala shalala? Bueno… no sé si todas, pero casi…, respondí tímidamente. “Qué infancia de mierda tuvieron ustedes, ¿no?”

Estuve a punto de argumentar con otra frase de Barthes, aun sabiendo que estaba un poco fuera de contexto “…escuchar es ponerse en disposición de decodificar lo que es oscuro, confu­so o mudo, con el fin de que aparezca ante la conciencia el “revés” del sentido (lo escondido se vive, postula, se hace intencional)”, pero no me dio tiempo, opté por hacerle honor a la molleja que tenía en el plato y dejar para otro día cualquier argumento. Al fin y al cabo idealizar y degradar son las caras de una misma moneda.

(1)Roth, P. Los hechos, Buenos Aires, Sudamericana, 2009.

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